El orgullo nos ciega de la realidad

El queratocono es una enfermedad ocular degenerativa en la que la córnea se adelgaza y se deforma, lo que provoca problemas de visión. Las personas que padecemos esta afección tenemos dificultad para enfocar correctamente los objetos y, dependiendo de la gravedad, el uso de anteojos puede dejar de ser efectivo, ya que la graduación no logra ajustarse adecuadamente. Sin embargo, una alternativa que puede resultar útil es el uso de lentes de contacto rígidos.

Recuerdo que la primera vez que utilicé esta alternativa pensé que, durante mucho tiempo, había visto la realidad de forma distorsionada. Logré percibir cosas de las que antes no me había dado cuenta. Ahora podía notar las texturas de los árboles y cada una de sus líneas; veía la televisión con mayor nitidez y podía observar los rostros de las personas con más detalle. Definitivamente, el queratocono había deformado mi visión.


En el ámbito espiritual existe un mal que produce un efecto similar al del queratocono, distorsionando nuestra percepción de la realidad. Sin embargo, es mucho más peligroso, pues puede llevarnos a una separación eterna. Su nombre es el orgullo.

La raíz que no vemos

Uno de los pecados que a menudo nos cuesta trabajo reconocer es el orgullo. De hecho, es muy probable que si alguien afirma que no lucha con el orgullo, sea precisamente porque está siendo dominado por él.


Si tuviera que hacer una lista de todos los pecados con los que he batallado a lo largo de mi vida, me resultaría difícil enumerarlos. No porque no pueda mencionar alguno, sino porque he luchado contra el pecado en tantas formas que me tomaría mucho tiempo describir cada uno y cómo me he enfrentado a ellos. No obstante, el orgullo puede resumir y englobar, de manera acertada, la raíz de todos esos pecados.


En la Biblia, el orgullo es descrito como una de las cosas que el Señor más aborrece (Proverbios 6:16-19). Por orgullo, Satanás se rebeló contra Dios (Isaías 14:12-14). Asimismo, el orgullo llevó a uno de los reyes de Judá a entrar en el templo del Señor para ejercer funciones sacerdotales que no le correspondían, trayendo el juicio de Dios (2 Crónicas 26:16-20).


Podríamos mencionar muchos otros ejemplos en la Biblia, como el caso del rey Saúl, de personas que cayeron en graves pecados motivados por su amor propio, originado en el orgullo de su corazón. Pero el punto es este: el orgullo los desvió de cumplir el propósito para el cual fueron creados, que es dar gloria a Dios, y los llevó a buscar su propia gloria. El orgullo los cegó.


El orgullo en nuestras vidas

En mi vida también he experimentado la ceguera que provoca el orgullo. En muchas ocasiones he pensado que soy el más talentoso en lo que hago, que nadie podría trabajar como yo. Cuando he recibido comentarios constructivos, mi mente los ha rechazado, asumiendo que los demás están equivocados y que yo tengo la razón. He llegado a creer que mis opiniones, mis planes, mis deseos y mi manera de hacer las cosas son siempre los mejores. “Si alguien dice lo contrario, los demás están mal y yo estoy bien”, suelo pensar.


No exagero al decir esto. Muchas ocasiones he estado convencido de que no hay forma en la que yo pueda estar equivocado. Sin embargo, al venir a las Escrituras y contemplar la santidad de Dios junto con la bajeza de mi condición, termino reconociendo cuán equivocado estaba. Comprendo que este orgullo no solo ha afectado mi comunión con Dios y con los demás, sino que también me ha hecho creer la mentira de que yo siempre tengo la razón. Me ha hecho creer que soy el mejor esposo, padre, creyente, servidor, amigo, trabajador y vecino, cuando la realidad es que tengo muchos pecados de los cuales arrepentirme y muchísimas áreas para mejorar.


Quizás al leer esta lucha que he tenido con orgullo puedas identificarte y darte cuenta de que has pasado por lo mismo. Entonces, probablemente te estés preguntando: ¿por qué sucede esto?

El origen de nuestra ceguera

En el jardín del Edén, los primeros seres humanos, Adán y Eva, fueron tentados por la serpiente mediante una mentira que los llevó a pensar que podían ser sus propios reyes, sus propios dioses; que podían ser como Dios (Génesis 3:1-6). Ante esta tentación, ellos se rebelaron contra el Señor y tomaron del fruto que les había sido prohibido. La idea de ser como Dios fue tan atractiva que los condujo a la desobediencia. Su orgullo los llevó a rebelarse contra su Creador.


Lo irónico de esta tentación es que Adán y Eva ya habían sido creados a imagen y semejanza de Dios (Génesis 1:26-27). No necesitaban “llegar a ser” como Dios, pues Él mismo había puesto su sello sobre ellos y los había comisionado como representantes de su reino en la tierra. Sin embargo, su orgullo los cegó y les hizo creer la mentira de que podían ser iguales a Dios.


A partir de la caída, toda persona nace con el pecado en su interior. Ese mismo orgullo que caracterizó a nuestros primeros padres también nos caracteriza a nosotros. No obstante, a pesar de nuestra maldad, el Señor tuvo misericordia y prometió enviar un Salvador que nos libraría de nuestros pecados, incluido el orgullo.

En Cristo podemos volver a ver

Jesucristo, el Mesías prometido, vino a esta tierra y se humilló a sí mismo. Aunque existía en forma de Dios, tomó forma de siervo y se hizo obediente hasta la muerte, y muerte de cruz (Filipenses 2:5-8). El inocente vivió la vida perfecta que nosotros no pudimos vivir y, en la cruz del Calvario, tomó el castigo que nosotros merecemos por causa del pecado. ¿Qué puede quebrantar más nuestro orgullo que contemplar al Único que tenía derecho a gloriarse y se despojó de sí mismo para humillarse y rescatar a pecadores orgullosos como nosotros?


En Cristo, nuestro orgullo no tiene lugar. Jesucristo es el Verbo de Dios, la ley del Señor encarnada. Él nunca pecó, nunca se rebeló y vivió una vida perfectamente justa (1 Pedro 2:22-23). Cuando comparamos nuestra vida, marcada por el pecado y el orgullo, con la del precioso Hijo de Dios, podemos darnos cuenta de nuestra verdadera condición: somos pecadores, merecedores de la ira de Dios, y nuestro orgullo es una expresión más de esa realidad que nos sentencia. Por lo tanto, no tenemos nada de qué jactarnos delante de Él.


Si deseamos cambiar verdaderamente y mortificar el orgullo que hay en nosotros, necesitamos acudir primeramente a Cristo para el perdón de nuestros pecados y para salvación. Debemos reconocer que, por medio de nuestro orgullo, lo hemos ofendido y nos hemos rebelado contra Él. Pero no solo eso: también debemos poner toda nuestra confianza en Aquel que puede transformar nuestro corazón y convertir nuestro orgullo en una humildad genuina, es decir, en Jesucristo.


Si tú ya has puesto tu confianza en Jesús y eres un verdadero creyente, es probable que tu lucha con el orgullo se haya intensificado, pues antes solo te rendías ante el pecado y realmente no batallabas contra él. El apóstol Juan nos anima a no dejar de luchar, sino a caminar cada día en la luz del evangelio, confesando nuestros pecados y mirando a Cristo para nuestra santificación (1 Juan 1:5-10). Por su parte, Proverbios nos exhorta a crecer en el temor del Señor, pues es así como aprendemos a aborrecer el mal, incluyendo el orgullo que Él mismo aborrece.

"El temor del Señor es aborrecer el mal. El orgullo, la arrogancia, el mal camino y la boca perversa, yo aborrezco".

Proverbios 8:13, NBLA.

Conclusión

El orgullo es uno de los males más dañinos, pues nos aparta de la gracia del evangelio y coloca al hombre en el centro, en el lugar que solo Cristo merece ocupar. Permitir el orgullo en nuestra vida es sumamente peligroso; es como conducir en una carretera de peligro, con neblina, de noche, con problemas de visión y sin usar anteojos cuando los necesitas. Seguir con el orgullo dañará tú visión de la realidad y muy pronto llevarás las consecuencias.

Escrito por: Aldo Pérez